"Las noches salvajes" de Cyril Collard


05/03/2008
Quince años han pasado desde que Cyril Collard no pudiera acudir a recoger el Cesar a la Mejor ópera prima y Mejor película por "Les nuits fauves". Quince años desde que una enfermedad derivada del sida acabara con su vida. Y curiosamente, cada vez resulta más propicio considerar que su vida y su obra se soldaron en una misma pieza. Collard, que dirigió, escribió y actuó en “Las noches salvajes”, retrató a su vida con tanta dureza como sólo los mejores pintores han sabido autoretratarse.
En “Las noches salvajes” es difícil comprender si la pasión que vive el protagonista nace del desenfreno, de la desesperación o de la proximidad de la muerte.
Lo que queda obscenamente claro es que los personajes penan su dolor viviendo en el límite. Y sin embargo este penar no nace del hecho de ser portador de sida porque “Las noches salvajes” presenta al VIH como una manifestación física de un descontento. Un arma letal con la cual inmolarse y morir a través del placer del sexo.
De este modo, las relaciones tempestuosas entre el seropositivo y sus amantes destellan una sórdida luz teñida de violencia y entrega. Hasta que el inconexo guión se transforma en una oda a la fascinación y a la violencia sin hacer distinciones entre ambas. Sin ni siquiera condenarlas.

Es un largometraje desafiante y narcisista. Deliberadamente arrogante. Y probablemente sea algo de ese “Je suis moi” de Collard lo que le evita a este actor/director/escritor perderse del todo. Un extraño orgullo transgresor le permite arrastrarse por las drogas duras, en el sexo anónimo y en las relaciones autodestructivas, sin caer autoconmiseración. Sin victimas. Sin atajos para la perturbada mirada del espectador.

Aún cuando coquetea con la muerte en un accidente de coche, en cada pelea con su novia Laura, en los números de acrobacia sin red de su amante Samy o en cada cuerpo anónimo en las cercanías del Sena; hay algo en el infierno de Collard, perdón, en su alter ego, Jean, que ha permitido la supervivencia hasta el final de la filmación y más allá de ella.

Hipnotizado por la filosofía de Jean Genet, quién afirmó que “sólo la violencia acabará con la brutalidad de los hombres”, Collard exhibe toda su larga trayectoria como bestia nocturna. Y al finalizar semejante confidencia, cuando el espectador está totalmente oscurecido por su relato, Jean afirma: “Estoy vivo: el mundo no es sólo algo que está ahí, exterior a mí: participo de él. Se me ofrece. Probablemente moriré de sida, pero ya no se trata de mi vida: estoy en la vida”. Un atisbo de luz al final de una larga noche salvaje.

Romane Bohringer, espectacular en todo el film, también ganó merecidamente el Cesar a Mejor actriz por su fascinante interpretación. Bravissimo.