Estado de crispación


30/12/2007
En las últimas semanas, haciendo más zapping que nunca, me he encontrado a Manuel Marín y Pedro Almodóvar en distintas emisoras y con distintos trasfondos, diciendo lo mismo.
Ambos se lamentaban del inaudito estado de crispación que hay en la calle. Marín advertía que la polarización ideológica entre PP y PSOE sólo tenía como finalidad “calentar la tribuna” en el Congreso de los Diputados para generar una onda expansiva que polarizaba la sociedad. Y eso, aseguraba, es “hacer política con minúsculas”.
Almodóvar alertaba de que, en la práctica, las libertades individuales, se veían muy reducidas por el alarmismo reinante. La pérdida del sentido del humor en favor de la crispación era contraproducente para cualquier ser creativo. Un contertulio le advertía, en el mismo programa, que “hoy no sería posible” tratar la violación, el machismo ni la violencia de género como él la trató en “Qué he hecho yo para merecer esto” (1984). Sencillamente nadie podría mantenerse de pie frente al aluvión de acusaciones, juicios, denuncias e improperios que caerían sobre creador de semejante sátira.

Movilizaciones como la de este domingo “por la familia cristiana” son prueba de hasta que punto la sociedad española está crispada. La convocatoria evidentemente no podía estar destinada a reafirmar algo tan asentado como la familia tradicional, sino que sirvió para condenar las otras familias, monoparentales o formadas por dos personal del mismo sexo y para condenar leyes que posibilitan a las mujeres dirigir su vida, como la ley del aborto.
Aprovechando el viaje, algunos discursos removieron heridas al anunciando el peligro en el que se encuentra nuestra democracia.
En definitiva, que la manifestación no era “en apoyo” sino “en repulsa” y eso marca el grado definitivo de crispación a la que está sometida la calle. No se trata de exigir más derechos, sino de condenar libertades. Por que, admitámoslo, reconocer legalmente los derechos de los homosexuales no representa ningún ataque para los derechos de las familias “tradicionales”.

Cuando pretenden reafirmar una forma única de hacer las cosas, no defendiendo sus virtudes sino atacando sistemáticamente los derechos de los demás, están siendo salvajemente reaccionarios.
Y todo esto se organiza desde el Congreso de los diputados, desde las sedes parlamentarias, partidarias y/o institucionales. ¿Qué le prometió el PP a la Iglesia, más aportaciones? ¿Por qué hasta el mismo papado participa de la convocatoria? ¿Qué hay en juego aquí?
¿Es así como se hace política hoy? ¿Defiendes a un estado catalán quemando el retrato del rey? ¿Defiendes el feminismo condenando a todos los hombres indiscriminadamente? ¿Defiendes tu españolidad atacando físicamente a una adolescente ecuatoriana en un tren?

No se si la sangre corre desde el Congreso a la calle, como denuncia Marín, o la crispación política es un reflejo de la crispación social. Como sea, este odio, esta vieja balada de las dos Españas, este “sólo descansaré cuando tú estés muerto” es el diagnóstico de una conocida enfermedad que únicamente beneficia y perpetua una clase política miserable. ¿Podemos detener esto?