Carta a mi verdugo


Suben las temperaturas. Este verano va torrando la piel –y el cerebro de más de uno- y sino oigan la advertencia que me hace una querida amiga: “un día te van a pegar un tiro por escribir lo que escribes”. La miro y no la creo.
Dice que su familia me tiene por enemigo público #1 –digo yo que no me merezco tanto- especialmente una de sus adorables hijitas, madre de ocho, la cual encuentra irritante que yo hable de sexo. Yo, humildemente, le comento que no comprendo que alguien que ha follado como una coneja, no se alegre al oír temáticas afines a sus costumbres.
“Es que te vas a arrepentir de lo que pones, la gente tiene memoria y ¡uy! cómo se acordarán de ti”. Suspecho que un blog que apenas tiene diez visitas por día no es digno de semejante maltrato y acto siguiente le confirmo lo que ya sabía, que, en el futuro, dificilmente me arrepienta de haber hablado públicamente de sexo o de política. Que, aún cuando no me hace ninguna falta, defiendo lo que escribo. Nada. Insiste ella que me van a matar a bacajarro.
Si el pez por la boca muere, hoy me importa muy poco. Pero, aún así, quedará bien celebrar tanta hostilidad con una carta que refuerce mi insolencia, mi desenfado y mi perpetua condición de bocazas.

¿Cómo empezar una carta dirigida a tu asesino? Si está decidido a darte, conviene ahorrarse el protocolo de ruegos y súplicas. Es estúpido intentar que, antes de morir, tu asesino se sienta mal. Dentro de un segundo a ti te aportará muy poco cómo se sienta.
Sin recapacitaciones sólo me queda correr -dicen que en zigzag es más difícil acertar-. Sólo espero que el día de mi muerte no esté excesivamente lejos, pa’ que no sea mi peluquín lo primero que vuele por los aires.
Señor asesino, ni falta me hace decirle el mal hace en pulverizar hormigas, ¡anda que no hay personajes más ilustres con los cuales lucirse...! Es por eso que yo no puedo tomar en serio sus intenciones. A estas alturas del artículo ya me tomo la licencia de admitir porque nadie en sus cabales le redacta una carta a su verdugo: cuando un asesinato arrasa con una vida, el suceso nos descubre cuán poco concebimos el ejercicio aberrante de la violencia, por muy violentos que seamos. Sencillamente ninguno de nosotros está suficientemente preparado.
Así que nada. Que sepa, Don Corleone, que este Agosto, particularmente caluroso, estoy preparando una serie de artículos nuevos sobre sexualidad aprovechando el alto índice de temperatura y humedad en atmósfera y cuerpo.
Así que, por favor, antes de que me vuelen los sesos, pasaos una vez más por este blog. Admito que, secretamente, encuentro más placer cuando mi palabra penetra pequeñas hostilidades.