Las 100 veces que hablé contigo


01/03/2006
Desde Julio del 2004 estoy en esto de EL REVISTO erre que erre, y ya voy por los cien artículos.
Tener y mantener un blog, como comenté por ahí, es difícil y costoso. Me han rechazado de un puesto de trabajo por escribir las cosas que escribo, he tenido peleas con mis amigos, problemas con recientes parejas y he pagado horas de conexión allí donde he vivido, pero ha valido la pena.
Sentarse a escribir este espacio mató a mi querido diario y abortó varios impulsos de escribir versos, aunque eso casi no tiene importancia.

Intento no hacer de este un espacio hermético, privado y personal para no resultar excluyente. No quiero olvidar que esta es una bitácora, por más que cada vez que la abro leo un diario de sensaciones mal disimuladas.
Coger cualquier periódico y leer, tomarme unos días para pensar, otro para escribir y finalmente publicar -después de corregirlo varias veces- es algo casi instintivo en mí.
Capote en "Música para camaleones" considera que escribir es un don, pero que "cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo, y el látigo es únicamente para autoflagelarse". Yo río ante semejante ocurrencia.

En mi vida cada escrito, independientemente de su calidad, me sirve de válvula de escape. Cuando la realidad es un palo y escribir es expurgar el dolor que deja cada golpe.
Soy consciente de que el blog, a pesar de todo, sigue siendo minúsculo e impopular, pero eso no implica que no sea imprescindible para mí.

Las 100 veces que hablé contigo dije, más que lo que tú querías oír, lo que necesitaba decir. No sé si eso es comunicación, pero espero que a tí también te haya servido de algo. Gracias.