"Brokeback mountain" de Ang Lee


“Brokeback mountain. En terreno vedado” es una película de la que se viene hablando mucho. Un dramón rodado en Tejas y Wyoming que cuenta la historia de dos vaqueros que comparten un verano tórrido en 1963 cuando entre ellos nace y se desarrolla una relación sexual y sentimental.
Aquello que trajo el verano, una vez abandonada las alturas de la montaña, parece no evolucionar. Jack y Ennis retornan al medio hostil y homófobo -“yo no os pague para que deshojéis la margarita”- del centro de Norteamérica y sus vidas se separan.
El film, a partir de ese momento, más que seguir al lema de la película de “amar sin miedo” muestra las consecuencias de someterse a una represión interna devastadora.

Ganadora del León de Oro a la Mejor Película en el último Festival de Venecia, la película está basada en un relato de la escritora Annie Proulx, ganadora del Premio Pulitzer y adaptada para la gran pantalla por los también ganadores de un Premio Pulitzer, Larry McMurtry y Diana Ossana.
Así como muchas veces, hombres y mujeres reprimen su sexualidad, también existen miles de maneras de mutilarla y todas tienen un componente en común: la vergüenza por lo que uno es. De ahí la importancia de los hechos de Stonewall de 1969, el inicio del movimiento de orgullo gay, que sucede a demasiadas millas de ellos como para enterarse.

Brokeback mountain es entonces un encuentro inesperado con esa violencia represora y con sus manifestaciones: mentiras, intentos de cambios forzados, negaciones y una insólita capacidad para mutilarse y fingir ser otro para todos y para uno mismo.
El problema de la película radica en que nunca vemos la relación de Jack y Ennis, no existen escenas de sexo placentero y sereno ni noches de conversaciones. La cámara parece evitar la tienda de campaña donde disfrutan de sus encuentros para enfocar con demasiada frecuencia las miserias y desgracias de su situación. Hasta el final, tan drástico, no permite al espectador saber que es lo que realmente le sucede a uno de los protagonistas. Y es que el film no deja de ser una reflexión descafeinada sobre las relaciones homosexuales, probablemente para no herir a ese ojo miope que está desacostumbrado a ver un hombre besando a otro y que exige un trato diferente en pantalla a la relación entre dos personas del mismo sexo. Ese espectador "sensible", mimado por los censores norteamericanos es, además de un cerdo, un soberano hípócrita cuando se escandaliza con nada y por todo.

Así, Brokeback mountain falla en el retrato de la pareja pero no en el del homosexual (o bisexual) represor. Aquel que toma decisiones que van a destrozar la existencia de todos los demás, impulsados por una vergüenza ancestral: la que condena el único momento de vida para quien ha quedado muerto, de pie, como un árbol: el momento del amor.