Amores perros


A los hechos me remito que esta historia es verdadera: Dana es de lo mejorcito que hay en el mundo cuadrúpedo, bien lo sabe dios. Orejas largas, patas peludas, mirada bovina, hace que Lassie a su lado parezca mala gente, pero no es una perra feliz y su desgracia se llama Dieguito.
Dieguito es la verdadera criatura de la casa: un monstruo maleducado, un bichejo repelente que te quita el saludo por nada y por todo. A sus cuatro primaveras evidencia todo el oscuro legado de su madre, más el de la mala bestia de su padre. El niño hace meses que dejó de aprender cosas buenas y se entretiene meneándose con chulería por los pasillos da la casa y atormentando al personal.
Dana es un cocker spaniel que padece un estress crónico. Mi primer encuentro con la perra fue memorable, porque al verla cruzar la casa como un torpedo, me vi obligado a esquivarla a la vez que lancé una mirada de sorpresa a los presentes.
“Es muy nerviosa” me dijo con una sonrisa su dueña de 10 años, y es que a la perra le ha tocado la desgracia de convivir con cinco niños hiperactivos que cuando no la cogen, la tumban, la persiguen, la arrastran, la pasean por la casa con correa, en resumidas cuentas: la torturan.
Dana, Gran Corazón, disimula su impaciencia dando un mordiscón anual y perdiendo pelo. Esto último ya ha sido motivo de pelea en la casa, pues los padres de la niña insisten en creer que el pelo de la perra se les mete en el cuerpo y se acumula formando una asfixiante bola en el estómago.
Debo decir que Dana es cariñosa, naturalmente, pero, Dieguito, con sólo cuatro añitos, la está llevando al borde del abismo emocional. ¿Cómo? Pues el crío se ha enamorado de la perra y la tiene desconsolada. ¿Por qué? La besuquea.

La primera vez que lo hizo escandalizó a la concurrencia del salón, por lo que el niño no tardó en aprender a llevar a la pobre perra a un lugar discreto y lejano de la casa para allí cogerle la cabecita y propinarle largos y apasionados besos en el morro.
Dado que Dana tiene resfriados recurrentes, la perra se ahoga y se marea con semejantes muestras de cariño no solicitadas. Y es el sofoco que le dan esos besucones lo que preocupa. ¡Pobre can!, ya bastante mal lo tenía antes de la llamada del amor.
Le he dicho repetidas veces al niño que deje a la perra, pero ni caso. Ahora que lo del pasado domingo fue, sencillamente, demasiado. Cansada la madre de su criatura decidió coger al niño e ir a pasar el domingo lejos del amor zoofílico. El paseo al niño le sienta bien y no estaba descontento con la idea, pero eso no le impidió hacer un feo frente a toda su familia
-Vamos Dieguito, saluda a todos-, se oyó.
El niño se negó rotundamente gritando un fuerte “¡No!” como si él fuera incapaz de volver a demostrar afecto hacia un ser vivo.
¿No nos vas a dar un besito?, le pregunté al niño.
-No.- Respondió, y acto seguido se giró, volvió la cara al hocico de la pobre Dana y le zampó un beso para escurrirse apresuradamente por la puerta de calle.

Yo no sé quien habrá sido la pobre perra en otra vida, pero en ésta es profundamente desdichada.