Un corrupto cuarto poder


Australia es más que una isla, un continente. Y es un continente vacío, desaprovechado.
La plaga que somos no se ha dejado sentir sobre su núcleo desértico. La hierba no conoce el cemento, la lluvia no abre paraguas y está muy bien que así sea.
Pero el coste es que Australia es reticente a la inmigración. Niega formularios, tiene listas de países de los cuales no acepta solicitudes de permiso de trabajo y residencia. Es decir, repele y repugna.
Intenta evitar que los ciudadanos indios, chinos y malasios se muevan y asienten en sus tierras. La vieja historia de siempre: países económicamente prósperos que no quieren compartir sus riquezas con los vecinos pobres que viven hacinados en sucias ciudades.

Australia no disimula su rechazo. Acepta de buen gusto a turistas escandinavos adinerados, tropas norteamericanas y hasta a promonárquicos británicos si se tercia. Pero no refugiados. En Australia los campos de refugiados son verdaderas miserias, dan vergüenza ajena. E intentando que la prensa internacional declare a esta situación inmoral, siendo como es una total falta a los derechos humanos más básicos, los inmigrantes se cosen los labios.
Labios secos, huelgas de hambre, días sin beber, labios cosidos y voces silenciadas.
La prensa europea sigue haciendo la vista gorda, sepulta la información en un rectángulo minúsculo de la sección “Internacionales”, distorsiona, engaña, manipula.
Realmente los periodistas son los responsables de la opinión pública, hacen de hecatombes, detalles; y de hechos insignificantes, grandes escándalos. Moldean y distorsionan los hechos, los reflejan parcialmente. A ellos debemos demandarlos por no exponer con claridad los sucesos de este invierno australiano, ellos son los responsables de que se piense como se piensa, embriagadas pitonisas que lanzan alaridos contra la inmigración futura y callan delitos presentes. Los periodistas merecen ser ampliamente cuestionados e individualmente juzgados.
Pero los lectores aún creen, los espectadores se espantan –y secretamente disfrutan: “¡Qué mal están!”- y mientras tanto los que piden asilo son deportados con los labios sellados. ¿Alguien sabe cómo concilia el sueño la gente de prensa?