Noviembre


Llovía, con el cielo totalmente despejado. Calzó lentamente unos zapatos de tela que habían sobrevivido a dos veranos y ellos la trajeron al borde de mi mesa. Esas mesas metálicas, modernas, baratas, horrendas, que parecen siempre desnudas.
Hablamos del pasado, de nuestras emociones muertas y me suelta un: -Yo olvidé por qué quería tener un futuro contigo.- cerrando fuertemente un ojo, con gesto despistado.

Me centro en los cubitos de hielo que flotan en el vaso tubo, los hago rebotar con un dedo, están atrapados en una marea negra, contaminada y efervescente. -Bueno, tú al menos estás bien o estás viva -me corrijo-, yo cada día estoy más frío.

Recuerdo que lejos, en la costa, aquel peñón que está constantemente castigado por la sal y la espuma, debe estar asomando su negra cabeza. Saliendo de las frías manos del ahogo mientras el sol vuelve a lamer su cabeza ciclópea.

De aquel encuentro quedó, sobre la mesa, un mar de cenizas entre unas colillas quemadas. Y nada más.