Mal de Ulises


Porque el dolor es mucho más fácil de encontrar que la verdadera alegría: viajar no es inocuo.A menos que uno tenga medios para impedirlo, inmigrar es permanecer incómodo durante horas –a veces semanas- sin garantías de que el sentimiento desaparezca.Cuando inmigrar representa llegar a un lugar en concreto pero desconocido, a veces se produce el “Mal de Ulises”, esto es, llegar al lugar exacto pero no a destino.
Esto es posible cuando la imagen que uno guardaba del destino dista del lo encontrado.
Las fotos de postales a menudo resultan más atractivas que los paisajes reales. Y es que la realidad, por mucho que se fotografíe con distintas lentes, nunca es del color de los sueños, nada es exactamente como uno espera.

Si el Mal de Ulises anida en el inmigrante, es posible que el lugar de arribo resulte extraño, inadecuado, y en maldita alquimia esa sensación pase a ser personal hasta que él mismo se sienta extraño, forastero e inadecuado entre una multitud de ojos mirones.
Y hasta es probable que no existan las dos cosas por separado, que si el sitio es inadecuado, uno se encuentre fuera de lugar y a la inversa. Es el fruto de la unión indisociable entre individuo y territorialidad.
Muchos individuos creen que al adquirir una meta, por ejemplo, conseguir algo o alguien, eliminará los síntomas de este mal. Pero, tal como hemos dicho, el Mal de Ulises corre por dentro, puede ser atontado o con mucha suerte enterrado, pero no se elimina fácilmente.

Como si esto fuera poco, existen personas que viven condenadas a padecerlo crónicamente en todas las destinaciones. Para ellos todos los pozos son un mismo infierno. Cuando eso sucede, viajar no cambia substancialmente nada. Entonces es probable que uno se encuentre prisionero de este mal, porque, ojo al dato, prácticamente todos los conflictos y las penas, todos los recuerdos dolorosos y placenteros pasan por las fronteras como bandadas de aves: ligeros como el aire, no requieren visados. Ellos viajarán contigo si forman parte de ti.