Lovely green hell


23/08/2004
Irlanda, una república donde la homosexualidad es un tabú, el aborto está social y legalmente condenado y donde se organizan marchas contra la reciente Ley de Divorcio (1997) es una prueba fehaciente de que tener un PIB per capita de US$29.800 conjunto con un crecimiento económico continuo durante ocho años alrededor de un +8% no asegura vivir en armonía. La maravillosa isla verde, tierra fértil y hogar de la humanidad desde nuestra tierna edad prehistórica, ha padecido y padece un mal endémico inconfesable: el desconociemiento de una mínima paz social.

La conflictividad no nace con la IRA. Ya a mediados del siglo XIX, y para ser más exactos entre los años 1846 y 1849, Irlanda cayó presa de una Great Famine que transformó a la isla atlántica en un cementerio flotante– que se acercaba sospechosamente a las costas de Estados Unidos para arrojar un contingente de supervivientes hambrientos- precisamente cuando la población total había superado los ocho millones de individuos, una cifra que nunca ha vuelto a alcanzar, ni siquiera en la actualidad que aún no roza los cuatro millones, pero que en ese entonces significó un 60% de crecimiento demográfico respecto a principios de siglo XIX.
Los números de esta “Gran Hambre” nos hablaban de una mortandad, en tan sólo tres años, en torno al 12% de la población total y de una pérdida de una cuarta parte de su población en menos de un lustro (1846-1850).
De semejante escenario infernal escaparon un millón de irlandeses que dejaban atrás otro millón de muertos. La principal causa de muerte eran los males relacionados con una nutrición deficiente -escorbuto, disentería o cólera, esta última ligada a la pobreza de higiene y la falta de fuentes de agua potable en su camino hacia el éxodo- más que la muerte por inanición. El fenómeno presentaba una distribución geográfica irregular, que afectaba principalmente a los actuales condados de Mayo, Galway, Kerry donde la severidad del hambre aguijoneaba a más del 60% de la población.

Sea o no producto de una amnesia general sobre la memoria histórica hoy Irlanda no es una nación solidaria y moderna sino el hogar del fanatismo religioso, la intolerancia hacia las minorías sexuales y raciales y, como no, el reino de la xenofobia. Resulta tan indignante como inexplicable ver la intransigencia de la actual legislación en materia de inmigración del país.
Si a esto le sumamos la inacabable y eterna disputa entre protestante y católicos podemos comprender que el “tigre celta” no tiene intención alguna de aprender de sus propios errores sino que, muy por el contrario, está dispuesto a perpetuarlos.