Legal e inmoral


22/10/2004
Valencia está sirviendo de nido a la ultraderecha. El pasado 21 de Octubre la fachada de la Universidad Politécnica apareció teñida de consignas xenofóbicas y pronazis a tiempo que se convocaba una manifestación para el Sábado 23 bajo el lema “No a la inmigración ilegal, Defiende tus derechos”. Una vez más los grupos más inhumanos y radicales se apoyan primeramente en el ejercicio de la ley para encubrir una ideología que sabe a sangre.

Es curioso como el fascismo creció y carcomió, durante la década del 30 del siglo XX, a los países más nuevos de Europa: Italia y Alemania, precisamente cuando estos necesitaban autoafirmase dentro del marco político europeo. Del mismo modo, países de los que surgieron inmensas de olas inmigratorias, que anteayer vivían en condiciones económicas de notable pobreza, de trayectoria no democrática como Grecia, Italia y España, se muestran reacios a la inmigración actual.
Muchos de los dirigentes de formaciones pseudo-políticas, como es España 2000 -no gente de mirada perturbadora, sino señoras de trajecito sastre- montaron su chiringuito en una de las avenidas más chic de Valencia, pueden tener parientes del otro lado del Atlántico. ¿Cómo se explica que familias de inmigrantes persigan a inmigrantes? ¿Cómo es posible que miles de apellidos comunes en un listín de Telefónica de España y Argentina no obliguen a esta nación a abrirse solidaria con todas las naciones asoladas por los males antaño conocidos?

Los griegos tensan sus relaciones con sus vecinos: Turcos, Macedonios, Albaneses, aprovechando su inmejorable condición –milagrosamente pertenecen a la UE, y ahora más que nunca, con el regalo que significó Atenas 2004- y las fuerzas de seguridad de este país no tienen ningún pudor en armar escandalosas redadas.
La anteayer imperialista Italia, hoy de Berlusconi, como es de esperar, rechaza abiertamente a Tunesinos, Rumanos y Albaneses mientras que esta España del “Plus Ultra” persigue Marroquíes, Ecuatorianos y Peruanos exigiéndoles una legalidad de la que ellos han carecido en su accionar, según cuenta su propia historia.

“Los papeles” se han transformado en un arma de doble filo, en un objeto deseado, que el Estado español sabe manejar hábilmente a la hora de acallar denuncias de tratos inhumanos y faltas a los derechos básicos.
Aún así, España es de las pocas naciones -como bien recalcó el PP- que efectúa procesos de regularización de inmigrantes. El resto de los países, los que no se encuentran el las fronteras miserables de este palacio llamado UE, sólo se limitan a aplicar la ley sin mayor miramiento, o sea, sin conciencia, ni social ni político-histórica, sobre una parte del conjunto de inmigrantes. Porque, a saber, nadie le pide permiso de trabajo ni pasaporte a un norteamericano ni a un canadiense, ¿quién se atreve a solicitarle el NIE a un suizo o a un noruego?

Hay que provenir de un país pobre y ser pobre –porque los reyezuelos de la petroquímica ni siquiera deben saber lo que es renovar un pasaporte- , para que un país te persiga. Pobre, de piel oscura, musulmán, de ser posible, y con ello se dibuja un perfil que ya permite al ojo público que el individuo en cuestión reduzca su condición hasta ser poco más que un sujeto sospechoso.
Ningún australiano se preocupa, mientras le enseña inglés a un español en una escuela de idiomas, de su condición legal. A él no le sellarán su pasaporte con tinta roja por exceder su período de vigencia en territorio europeo, él puede estar seguro de que, por provenir de un país económicamente más pujante que España, España callará y hará la vista gorda.

Claro, un 2/3 partes del mundo padecen hambre, la UE pretende alzarse sobre un mundo consumido por sus necesidades sin que nadie se cuele, que los de afuera consuman y admiren, calladitos, mientras las enfermedades curables y/o tratables los asolan. No se por qué ese proyecto europeo me parece que no es del todo viable: el hambre del mundo llama a las puertas de las convenciones europeas exigiendo una repartición de la riqueza más justa y equitativa. Y ese clamor tiene mucha más peso moral que cualquier ley.