La pareja del siglo: látex y lubricante


01/12/2005
Cuando leo en el periódico que la Conferencia Episcopal española llora y patalea por subvenciones estatales, mientras De la Vega les dice que ya están grandecitos para teta, que es hora de comer solitos sin hacer carantoñas, no sé si partirme la caja de risa o llorar de indignación.
Luego, una sotana, en el programa “59 minutos” de TVE, se pasa dos milenios por el culo para hablarnos de amor a Cristo, de un Cristo que necesita eurillos para hacer el bien y servir al pueblo de Dios.
Este es el cuento de nunca acabar: la vieja Iglesia usurera quiere pasta, pasta, pasta como el niño de la publicidad de Knorr. Esta Iglesia construida sobre nuestros muertos, la misma Iglesia inquisidora y destructiva de ayer, la amiga de Franco y de Videla, dice que necesita el dinerito para ayudarnos… ¡¿a hacer que?!

No quiero la ayuda de esos defensores de la familia que en realidad son unos homofóbicos recalcitrantes. Quiero mi propia relación -con Dios, con la virgen y el chaval que me mola- sin interferencias de terceros.
No quiero que curas reprimidos y neuróticos, que no saben lo que es un orgasmo, me digan si tengo o no que ponerme un condón. “Chulo, chulo, mi pirulo”. Y de esto se trata, coño, que no se enteran.

Hoy es 1ro de Diciembre y gracias a estos señores no tengo nada que celebrar: el sida se come a Rusia entera, ese inmenso trozo del mundo que pasó de la represión ortodoxa a la bolchevique sin pausas. El sida avanza sobre los países subsaharianos en los que un tratamiento es un privilegio. Y yo no quiero un mundo de tremebunda beatitud cristiana ni de “Manos Unidas”. Quiero un mundo de látex y lubricante. Quiero que hoy no te corras sin goma dentro de ella porque no te podías contener, ni mañana tampoco. Que en las Iglesias enseñen como poner un condón, que eso sí salva vidas y no el Deuteronomio que dice que “Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer de otro hombre, ambos morirán” (22:22) No me hablen del Islam intolerante ni de violencia de género, que me salgo.

He leído en las pancartas de fanáticos estadounidenses que “Dios odia a los homosexuales y por ello creó el sida”. Allí donde la Iglesia comulga con la ignorancia debería acabarse nuestra paciencia. Y ni leyes ni letrados se atreven a encerrar a esos tíos en la cárcel, pero a un aficionado que salta desnudo al césped del Bernabeu lo detienen con porra y silbato.
El sida avanza, vayamos por partes que dos males no me entran en un solo artículo; todos los seres sexuales -nosotros, los psicológicamente sanos- debemos aislarnos de él haciendo uso de cuantos medios dispongamos. Y hasta hoy ningún medio resulta más adecuado a la hora de follar o hacer una mamada que tu propio condón, mejor salir sin llaves que sin preservativo.
Y esto va también para los que se pinchan -piercings y tatuajes incluidos- la aguja se usa una sola vez y es intransferible como la vida misma.
Ni me la metas un ratito, ni cuentes atrás, ni “no me corro en tu boca”, ni leches. Ella y/o él parecerán muy sanos, serán buena gente o estarás muy enamorado/a, pero eso, al virus del SIDA, le importa un carajo.
Curas y monjas infectados mueren en el anonimato, encerrados en su doble moral. Muchos otros sufren una condena social de silencio y miseria. A veces me pregunto cual es la verdadera epidemia: si el virus o nuestro rechazo hacia los infectados. Mientras tanto, procura que a ti no te pase. Usa condones.