Istambul, mon amour



La época dorada donde los dioses habitaban la tierra se esfumó, dejando tras sí un rastro de vulgares humanos: nosotros. Buscadores de íconos, ídolos y modelos, representantes indignos de lo profano, pareciera que padecemos una saudade inconsciente por aquellos tiempos.
Menudo grupete: ávidas imitadoras de Britney, defasados siervos de una patológica Madonna –o Esther en alocada cábala-, de una Björk cuya música, más que adeptos, gana criptólogos, echamos nuesta mirada cansina sobre esa larga lista de insepultos de los ochenta que vuelven a hacer rejuntas, remakes, revivals, reinventions para dejarnos abandonados en el mismo sinsabor. Este es el paisaje desolador, el páramo donde el Pop perdió su huella.


Suerte que existe el Este al costado de una devastada Europa y suerte que aún nos queda Tarkan. Cuerpo de efebo, cara de ángel, alemán-turco, shakirizado en Miami, antes que se arruine del todo nos quedan sus auténticos prodigios que mezclan el mejor talento instrumental turco con la modernidad electrónica. Es en la simbiosis en la que Tarkan triunfa sobre el monótono pop europeo o el rai norafricano –aunque Fadl Shaker sirve de excepción.-
Nada, nada, que como el álbum de “Karma” (2001) no hay otro. Olvidemos el irritante besuqueo de “Simarik”, me quedo con “Aşk”, con “Sen Başkasın”; rescato “Inci Tanem” y “Dön Bebeğim” de otro compilado y, por fin, respiro.
Cuando Tarkan quiebra la voz, sobre el sonido profundo de un rasgado laúd, tu sientes que él conoce todas tus miserias, las comprende, y te las canta como nadie...