“Individualistas unánimes” por Javier Marías


29/01/2006
No ha pasado ni una semana, cuando escribo esto, de la entrada en vigor de la represiva ley antitabaco, y de momento las mayores protestas que he visto –en encuestas de televisión, en cartas al Director– han sido, asombrosamente, por parte de no fumadores que la juzgan insuficiente y aun contraria a sus intereses. Encuentran fatal, por ejemplo, que los bares y restaurantes de menos de cien metros tengan libertad para elegir si su local albergará humos o no, porque comprueban que muchos de ellos han optado por consentirlos, y estos no fumadores, a los que parece fantástico y justo que los sí fumadores salgan a la intemperie a echarse sus pitillitos, no están dispuestos, en cambio, a desayunar al aire libre si no dan con un solo café o bar de “atmósfera limpia” (creerán ellos que es limpia, como la de las calles) en su pueblo o en su zona, y pretenden, por tanto, que se obligue a algunos de ellos a prescindir de su elección. Y los pocos no fumadores que se han mostrado momentáneamente contentos aducían, curiosamente, no su propio bienestar, sino que “prohibir está muy bien”, o que “ya era hora de que se impidiera fumar a la gente”, dando así a entender que no les molesta solamente que se fume en su presencia, sino que se fume a secas.

Si hay algo detestable y arraigado en el mundo (y en particular en España) es el proselitismo. Para mí es, sin duda, la causa principal de las guerras, de las opresiones, de los fanatismos, de que las religiones suelan ser intolerantes, de los nacionalismos, de las dictaduras, de los terrorismos, de las tiranías y de casi todos los odios. Y en España se cultiva tanto, en sus muy diversas formas, que a veces pienso que lo raro no es que haya habido aquí unas cuantas guerras civiles, sino que no las haya permanentemente. Claro que si no es así se debe, en parte, a que de tanto en tanto las gana algún bando e impone durante largos años sus leyes, sus prohibiciones y sus ideas a todo el mundo.

Ahora llevamos treinta años –desde la muerte de Franco, el último que logró imponerlo todo– predicando la tolerancia, y llevándola en ocasiones, formalmente, a extremos tan ridículos como falsos: ya saben, el sujeto que proclama que “toda oposición es respetable” cuando no lo son, por ejemplo, que haya que quemar a los mendigos o que expulsar a todo inmigrante. Pero lo cierto es que, en la práctica, tal concepto es casi desconocido.

Hay un español frecuentísimo que es proselitista por naturaleza, y tiende a querer que nadie haga lo que él no quiere hacer, y que todos crean lo que él cree, y que nadie tenga los derechos que maldita la falta que a él le hacen. Aún no distingue entre posibilidad y obligación. Es aquel individuo que consideraba en su día la posibilidad de divorciarse –quien quisiera hacerlo–, una amenaza para su matrimonio y para el Matrimonio; o la posibilidad, ahora, de que una pareja homosexual se case, un atentado contra la Familia y la suya; que la gente siga fumando, un peligro para su salud y para la Salud en abstracto; que beba, una incitación al general alcoholismo; que juegue, un camino seguro hacia la ludopatía colectiva y la holgazanería y la ruina; que compre sexo, una explotación de todas las mujeres, y así hasta el infinito, olvidando siempre que a él nadie le obliga a divorciarse, a contraer matrimonio con su vecino, a fumar, a beber, a jugar ni a ir de putas.

Ese español frecuente aún considera que lo que él no desea para sí no debe existir para nadie; que lo que le parece inmoral o “pecado” ha de quedar desterrado de la sociedad entera; si es nacionalista catalán o vasco, que no son merecedores de ser tenidos por catalanes ni por vascos cuantos no se enardezcan como él con su patria; o, por supuesto, si es nacionalista español (cuán idénticos son todos), que deben ser forzados a serlo con su mismo fervor cuantos no se sientan españoles o no lo quieran ser en modo alguno.
Hay un español frecuente que jamás se limita a tener sus creencias, profesar su religión, cultivar sus costumbres, pensar sus vacuas ideas y abstenerse de lo que él juzga “vicios”... tranquilamente y sin proponerse convencer a nadie de caminar por su senda.

Siempre se ha dicho que el español es individualista y que rara vez se une a sus compatriotas en ninguna empresa colectiva. Tal vez sea verdad que no nos unimos libre y voluntariamente, pero desde luego es falso que nos conformemos con vivir cada uno aislado, a su antojo, y sin intervenir en lo que los demás elijan.

El ansia de ese español frecuente es que todo el mundo, más que unirse a él, lo secunde y lo imite, de buen grado o a la fuerza. Si no fuera una contradicción en los términos, podría decirse que la aspiración de ese español es un extraño, prohibitivo y dictatorial país de individualistas unánimes.