Donde termina Europa


Si entendemos por República de Turquía a los más de 65 millones de individuos que según el censo de 1995 la forman, no comprenderemos mucho. Turquía es, para la mayoría de los europeos una mera construcción mitológica: desde la caída de Constantinopla a los asfixiantes harenes, formados por bellas prisioneras y eunucos o, más recientemente, “Expreso de medianoche” -Midnight Express- de Alan Parker, Turquía no es más que otro inferno amparado bajo el dominio de Allah.

Los turcos, considerados por la historiografía clásica occidental como "la amenaza de Oriente", comparten este título tradicional con los bárbaros, los árabes y todos aquellos que hicieron todo lo posible para que esta cuna de cristiandad y civilización se destruya.
Desde ahí, asistimos a varios debates supuestamente objetivos que pretenden analizar la posibilidad de que ese enorme volumen de gente, “la nación más pobre”, “la más atrasada” de Europa, Turquía, entre a formar parte de la Unión Europea.
Y no es de extrañar que se hable de invasión, de conquista musulmana, de empobrecimiento de cultura extranjera, de dinamitar de las bases económicas desde la UE, porque este discurso, verdaderamente, ha sobrevivido a través de largos siglos de ignorancia. El mundo, fácilmente divisible para la historia europeísta en la simplificación norte/sur, occidente/oriente, no reconoce matices. Las visiones alarmistas de los intransigentes -entre los que hemos de incluir a los cristianos más ortodoxos romanos, griegos y armenios- han fomentado una visión equívoca e insultante de los musulmanes en general y de los turcos en particular como gente pobre, sucia e inculta, cuando no abiertamente homicida, dispuesta a invadir religiosa, cultural y económicamente al corazón duro (sic) de Europa. Y hemos de admitir que esta caricatura del Islam ha resultado mucho más exitosa de lo que los debates actuales pueden reconocer. Esta distorsión no se limita a reproducir esta visión distorsionada de los turcos sino que genera graves consecuencias en las negociaciones de ingreso en Bruselas o en las calles de Berlín, Zurich o Londres donde, un turco o descendiente de, tiene que enfrentar por el mero hecho de existir un conjunto de exigencias y un bagaje ideológico insoportable.

Los turcos de hoy, según extendidas visiones que abundan por Red no son más que un peligro potencial para la sociedad europea: machistas degenerados, fanáticos religiosos y tierra fecunda del terrorismo islámico. No se adaptan a la realidad de Occidente ni se integran a las costumbres europeas.

Es extraño, sin embargo, que las mismas acusaciones que caen sobre ellos sirvan de muestra para probar cuan bien integrados están. ¿No respetan los derechos humanos de los presos y convictos? Bueno, los campos de inmigrantes de Andalucía tampoco lo hacen. Inmigrantes hacinados, privados de una legítima defensa, son prueba de ello en cada deportación. ¿Le otorgan los turcos un trato inhumano a las mujeres o son lisa y llanamente machistas? Sin lugar a dudas deben competir en ese aspecto -que no ganar- con los españoles, italianos y griegos, que, según las portadas de sus respectivos periódicos, tienen las cuentas sucias y los cementerios nutridos por una extendida violencia de género. ¿No respetan la ley, sirviendo cada institución de plataforma de ascenso a un nido de tránsfugas y corruptos? Esa es una denuncia que ni siquiera vale la pena responder...

Es un hecho que todas las faltas que se le amputan se cocinan en casa, no es Turquía la única que tiene problemas de orden social e institucional. Por más que ciertos conflictos son comparativamente más profundos en su territorio, los males que crecen en Turquía nos son especies endémicas, sino el pan de cada día para los Estados integrantes de la Unión. Existen dos obstáculos que hacen que la EU y Turquía no sean una sola realidad: la economía retardada que cubre Anatolia, que necesitó la intervención de EUA en el 2001 y el Islam.
Muchas cabecitas pensantes de Europa siguen creyendo en "los bastiones de la cristiandad", en "la supremacía blanca" y en "la evolución darwiniana de las civilizaciones". Un imaginario europeo que es, en ciertos puntos, tristemente ilustrado, sórdido e ignorante, se ha nutrido de falacias y mitos, históricos y científicos, que forman un verdadero lastre ideológico que se perpetua desde aulas y hogares, medios nacionales y regionales de comunicación, púlpitos y altares hasta el cansancio.
Iniciemos el debate cuestionándonos a nosotros mismos y descubriremos hasta que punto utilizamos célebres “cabezas de turco” para esconder nuestros prejuicios y conveniencias. Benden size, Mehmet.