"Argentinos no"


Es invierno. Baja del coche con un mapa en la mano. La pobre acaba de llegar a un pueblo del pirineo catalán para visitar a su amiga porteña -nacida en Buenos Aires, para entendernos- y no tiene ni una vaga idea de lo que se va a encontrar.
Cuando armas un puzzle de esos que tienen parajes montañosos, normalmente te parece que aquello debe ser un paraíso de calma y sosiego. Ese pensamiento y el buscar y rebuscar entre piezas níveas, embotan la mente y acabas creyendo que esas montañas, majestuosas e impenetrables, deben ser un lugar idóneo para encontrar la paz y alcanzar el Nirvana.
Si eso es así, lo que resulta incomprensible es por qué, cuando finalmente pones un pié en los Pirineos, lo segundo que dices es: “Menudo pueblucho de mierda”, porque lo primero es, lógicamente: “Hace un frío que pela”.
Es que sólo la gente de ciudad puede encontrar paz en la montaña. Tienes frío, un frío horrible, tanto frío que te duelen las orejas y sientes como si hubieses sumergido la nariz en nitrógeno líquido. Si hay tormenta de nieve, no ves nada. Si es un día soleado, la montaña hace que sólo haya tres horas de sol.

Pues allí estaba ella, en el medio del pajonal seco, colina arriba, murmurando atrocidades.
Le costó media tarde encontrar la aldea, y no porque lo haya conseguido está menos agobiada.
Es un pueblo, todos se conocen. Apenas apaga el motor, una puerta se abre frente al coche y de ella se escapa una cabeza viejecita y preguntona: -¿Va a aparcar aquí?-
La viejita era gordita, minúscula y bigotuda como una muñeca rusa. Aquello que en cualquier ciudad del mundo hubiera sido una pregunta absurda, allí marcaba la pauta.
-¿Puedo?- deja escapar mi amiga con su acento inequívocamente latinoamericano.
-¡Por supuesto! ¿Viene de visita?-
-Ahá.- Afirma ella preocupada al ver que el cuestionario se extiende.
-Claro que puede aparcar, tranquila. ¿Viene de turista?-
-No, no. Vengo a visitar a una amiga que vive aquí.-
La viejecita, que ni siquiera se molesta en ocultar su curiosidad arremete con ganas: -Ah… que bien, ¿viven aquí?-
-Sí, es la chica que restaura muebles, que vive en la casona.-
-No se quién es…- duda el compungido rostro de garbanzo.
Mi amiga comienza a responder -Clara, la argenti….- cuando la vieja, interrumpiéndola, grita con los ojos desorbitados: -¡Quite inmediatamente este coche de aquí!-. Y acto seguido pega el portazo de rigor.

"Clara, la argentina". En algún lugar de los Pirineos esa era la descripción de un problema. ¿Por qué los argentinos suelen caen tan mal en España?
En los setenta, en medio del éxodo porteño, Madrid se hizo eco de una “banda de atracadores argentinos” de pisos. A la prensa le encanta internacionalizar el delito, el crimen y el terrorismo. Es una debilidad conocida que se ha generalizado en estos días. En respuesta a ello los clasificados madrileños de inmobiliaria escribían textualmente al finalizar el anuncio: “Argentinos no.”
-Es esa forma de hablar arrogante.- me comenta una conocida de aquí. Y yo me canso de oír siempre los mismos tópicos sobre la inmigración. Hay argentinos sencillos y peruanos sobrios. ¿Por qué decirlo parece un chiste?
Hoy, cuando en una investigación ponen a un argentino al teléfono, muchas inmobiliarias responden: “Ya está alquilado”.
Diez minutos después, cuando llama un nativo, en Madrid, Barcelona o Valencia “puede pasar a verlo cuando quiera”.
Me quejo frente a una madrileña hasta que la remuevo del sofá y me dice: -Mis vecinos de abajo son venezolanos y se pasan todo el día y todas las noches gritándose y haciendo bulla. ¿Te parece normal?-
-Sí.- respondo. Mi vecina de arriba es española y todos los domingos a las 5 AM vuelve de marcha y deambula por la casa con los tacones puestos.-
-Yo creo que deberían adaptarse.- continúa ella ignorando mi respuesta.
Me viene a la cabeza el artículo “Inadaptados y tan felices” pero en lugar de soltarle el rollo le pregunto: -¿Has vivido fuera de España?-
-No. Sólo viajé a Alemania… y a Estados Unidos, de vacaciones.-
-Pues me imagino que habrás salido de fiesta por ahí.-
-No, era una niña.-
-Pues es igual. En Los Ángeles las discos cierran a las doce y estoy convencido de que si fueras allí te parecería una locura acabar la fiesta tan pronto.-
-Pues no. Me iría de fiesta yo sola, por ahí, sin molestar a nadie.-
-Exactamente. Y a falta de un bar abierto harías botellón en Redondo Beach. Cantando éxitos de Mecano y de la Cabra Mecánica por Torrance Bulevard como loca, ¿no?. Bueno. Pues eso está prohibido en Los Ángeles, y a diferencia de Madrid, esa ley se cumple a rajatabla.
Ella me miró incrédula. Dijo algo de beber en el coche pero también se dio cuenta de que no era ni siquiera una opción.
Mirándola con desconfianza, yo pensé: “Seguro que esta tampoco se saca los tacones cuando regresa a casa.”

One Response so far.

  1. Aclaración says:

    La imagen no es más que un tributo a "La Comunidad" de Alex de la Iglesia.