And all that noise, all that sound



Cuando miras al éxito ajeno, no a los éxitos minúsculos ni a los trofeos de tu vecino, sino al verdadero éxito, al que se cuenta en billetes de 500€, al cuponazo de la O.N.C.E. en las manos de aquel tío, al que amasa una fortuna reluciéndola en portada, al verdadero éxito material; te preguntas que coño hay allí que lo hace tan inalcanzable.

Cuando oyes Coldplay o Moby te sorprende que nuevamente hayan conseguido un sonido que llegue a las entrañas de tanta mayoría. Hay algo sagrado en ese éxito, que por mucho que te burles de él, no puedes más que envidiar. Algo tan inalcanzable para cualquier crítica como el éxito mismo para la mayoría de nosotros, para esta vasta mayoría de espectadores de la que formamos parte.
Miras a los que fueron grandes en los ochenta, al rostro desfigurado de Cyndi Lauper que competía por los #1, al gordo y canoso Morrissey que siempre condenaba al famoseo, y aunque agradeces tener una cierta edad para reconocer el ridículo también comprendes que eres más que mero espectador: también eres testigo del fracaso de aquellos a quienes se le atragantaron los años ’90 y cayeron del podio al polvo.
Pero la música que aún disfrutas, aquella que consigue sacar chispazos de tu cerebro ¿qué tiene? ¿qué le permite ser tal? ¿por qué no muere ni envejece como el resto de nosotros?

El éxito tiene algo curioso, miles de caras olvidadas fueron en su día inolvidables, luego los grandes acaban ridiculizados en un mito irreconocible, una broma macabra de sí mismos como Lennon, Elvis, Marlilyn, todos esos rostros de apoya-vasos de las grandes cadenas americanas. Pero antes que eso suceda, en ese punto sorprendente del disco de platino en plena era del pirateo, te preguntas que carajo tienen esos acordes, esas palabras o ese número de cinco cifras que se te escapa de los dedos. Y te indigna que a tu alrededor todo se reduzca a una incógnita irresoluta llamada destino, porque aunque sea “destino” tú no consigues comprenderlo.