La Tierra Prometida


Sea al bajar unos pocos escalones o al pisar la arena, el logro de llegar a una tierra nueva es, para muchos de nosotros, un sentimiento confuso e inexplicable.
Cuando el viaje es una apuesta –y no únicamente de carácter económico, sino vital- a algunos de nosotros, pobres ilusos, nunca se nos ocurrió la extensión de lo que significaría perderla. Perder todo lo conocido y la apuesta en sí también.
Demasiado tarde para volver a un irreconocible lugar de origen, demasiado doloroso permanecer en el punto de destinación, el inmigrante perdido, que, probablemente como el grueso de la Humanidad, ha participado de la ilusión de la tierra prometida, tiene que conseguir sobrevivir –ahora sí, económicamente- antes de disponer del tiempo suficiente para planear qué hacer.
Y no es simple, en todas las ollas se cuecen habas y, tal como menciona Joseba Achotegui, no somos héroes. Nuestros recursos son limitados.

¿Qué sucede cuando todas las destinaciones se encuentran bajo una misma condición de miseria humana, con todas sus fobias, prejuicios y concepciones ridículas? Los inmigrantes no somos alienígenas –como muchos instan a creer- no somos ajenos a los defectos y desórdenes de la Humanidad, pero, una cosa es padecerlos de local y otra muy distinta es ser invitado a participar en un juego donde, la mayoría de las veces, la victoria ha sido anunciada mucho antes de comenzar.Esto es perder, haber pedido la confianza en la ilusión, saber que la Tierra prometida –y no haremos aquí una apología de los mitos judeo-cristianos- no puede, de modo alguno, ser terrenal, esto es profundamente doloroso. Porque no es aquí donde los inmigrantes son recibidos y tratados como iguales, ni donde las condiciones de vida ni oportunidades son iguales para todos. Porque el self-made-man y el sueño norteamericano de amasar fortuna llegando a una gran metrópolis con dieciséis dólares en el bolsillo es una inmensa mentira, que contadas excepciones pueden vender a una mayoría de desgraciados que necesitan creer.

Algunos de nosotros nos fuimos porque encontrábamos, entre otras cosas, que la situación en nuestros lugares de origen era caótica e injusta. Que se cometían verdaderas aberraciones, que se obstaculizaba el cambio y la reforma por todos los sitios y creímos que esta Europa ofrecía una opción distinta. La responsabilidad no es enteramente nuestra. La Europa de la Ilustración, de la Revolución Francesa, madre de la modernidad, de la tecnología y de las corrientes ideológicas, etc... ella misma se glorifica como cuna de la Humanidad y de la civilización. Si tan sólo hubiéramos recibido la suficiente información para conocer las diferencias entre sus falacias y realidades....Pero aún así nos quedamos, hemos quemado botes –licencia poética para admitir que la apuesta económica y vital garantizaba una imposible marcha atrás.- Si es que hoy -y, madre mía, cómo cambian las cosas- cuando me gritan: “¡Vuelvete a tu país!” me limito a contestarles: “¿A dónde?