"Ae fond kiss" de Ken Loach


En un primer nivel “Sólo un beso” recoge las crónicas de un fallo. Algo común que todos podemos experimentar libre -pero no gratuitamente- cuando nos embarcamos en una pasión sin reparar en gastos, sin plantearnos el futuro personal y del otro. Un fallo propio nuestra generación, que auspició el lema de “vivir el instante”, del “aquí y ahora”, del “que me quiten lo bailado” para después dejarnos ver en las Salas de Urgencias con la mirada turbia. Descubriendo demasiado tarde el coste de una relación imposible en la cual consideramos prioritarios los deseos personales a los hechos reales y contables.
Como bien cuenta A. Torroja en “Con sólo un beso”-feliz coincidencia-: “Me dejé llevar, en un baile sin final, de tu mano dando vueltas y vueltas. Me embarqué en una ilusión, me arrastró el corazón y es que siempre estoy soñando despierta”. Así, la película muestra sin censuras la amargura de nuestro despertar, enseñándonos cuán pocos medios tenemos para amortizar una caída.

En otro nivel, “Sólo un beso” reproduce casi periodísticamente trozos de nuestras discusiones de pareja, de nuestra impotencia y nuestros largos suspiros al elegir un compañero/a no convencional según los estrechos criterios de nuestra sociedad. Ese colapso espantoso que produce en nuestra vida un amante que nos lleva varios años, o que no pertenece a nuestro estado civil, o a nuestra “etnia”, nacionalidad, religión, grupo o “estrato social”; o que simplemente sea de nuestro mismo sexo. En definitiva, el impacto que produce lo inesperado en nuestro interior y en la vida de quienes nos rodean, quienes pasan a considerar nuestra aventura como un doble atentado. Allí, “Sólo un beso” nos muestra cuan poco preparados estamos todos para vivir libremente.

Quizás en su base la película nos narre cómo el racismo, la xenofobia y la intolerancia nos gobiernan silenciosamente, sin despertar sospechas hasta el día el cual chocamos con sus límites. Es como si un turista, de pronto, pudiera divisar en las orillas de la Costa del Sol todos los cuerpos muertos de quienes se ahogaron al intentar cruzar el Estrecho en precarias embarcaciones, y descubriera, recién entonces, que España no es el paraíso en el cual creía veranear.
Así, la obra de Ken Loach, ilumina los férreos límites de nuestra normalidad para dejarnos con la boca abierta.

En su esencia, la película, a través de sus personajes, dibuja un delicado equilibrio de poderes en el cual una pequeña rebelde sin fuerza aparente es la encargada de desnudar la cómoda intransigencia e hipocresía de los gigantes. Un teatro donde el amor nunca basta: los honorables personajes tutelares ignoran o amenazan su existencia sin demasiadas complicaciones. Un drama donde la incertidumbre ronda alrededor de los sacrificios de los amantes debilitándolos en cada movimiento: nada es seguro, salvo los límites y los convencionalismos. Y ante semejante escena el espectador prevee lo peor, así que tal vez por eso el final no sorprenda ni guste tanto.
No es que “Sólo un beso” sea un milagro del celuloide, pero nos ofrece una visión novedosa del equilibrio –en el cual, extremistas y rebeldes cumplen un papel- (yo nunca vi tanta humillación en un sólo vaso de agua), donde la mezcla de distintos colores de piel forma una imagen exquisita, donde las grandes amarguras retratadas –la decepción, la intolerancia y el odio- contrastan con las grandes apuestas, sólo aptas para valientes.

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